Conversación · Fásmido Insulíndico
Hablantes · 30
Fásmido Insulíndico
Tú
Cuno
Forma Física
Enciclopedia
Umbral de Dolor
Voluntad
Mundo Interior
Esprit de Corps
Autoridad
Kim Kitsuragi
Abstracción
Lógica
Instinto
Reacción
Escalofríos
Conectividad
Percepción (Gusto)
Visión Espacial
Empatía
Sugestión
Electroquímica
Percepción (Olfato)
Percepción (Vista)
Retórica
El desertor
Percepción (Oído)
Resistencia
Compostura
Savoir Faire
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La moraleja de nuestro encuentro es que yo soy una forma de vida relativamente del montón, mientras que sois vosotros quienes estáis total y disparatadamente locos. Un sistema nervioso simiesco inestable, obscenamente nuevo en este planeta.
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Soy una especie desconocida del orden de los phasmatodea, endémico de la isola insulíndica. Me he ocultado a plena vista durante los últimos trescientos cincuenta años, mezclado con los juncos. Mudo la piel, me clono y aprovecho las noches para aventurarme y jugar con los cubos de basura y las boyas.
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Puede que tenga características bioquímicas desconocidas y peligrosas que le ayuden a mantener su camuflaje.
Pasé desapercibido para los primeros colonos y los topógrafos de la Suzeranía. También para los soldados de la Revolución y los oficiales de la ocupación. Ni siquiera los primeros isleños semeneses que llegaron, pero que no se quedaron, me han visto.
Y ni los habitantes de la vieja civilización seraseolítica, enterrados tan profundamente desde hace 4.000 años en los sedimentos que ni siquiera sabes que están ahí, tampoco me vieron.
He permanecido invisible durante cuatro formas de gobierno y dos revoluciones científicas. Hasta que me descubrió por accidente un inspector de la Milicia Ciudadana de Revachol en Martinaise, en marzo del 51.
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He permanecido invisible durante cuatro formas de gobierno y dos revoluciones científicas. Tres, si cuentas las herramientas de piedra. Hasta que me descubrió por accidente un inspector de la Milicia Ciudadana de Revachol en Martinaise, en marzo del 51.
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¿Entonces lo único que podemos hacer es darnos de bruces una y otra vez? Día tras día sin respuesta que valga.
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También podrías comértelo. Si es una hoja puedes metértela en la boca. Ñam, ñam. O un junco.
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Sí. Una vez me cloné a mí mismo y me comí a los pequeñines. Era invierno y me desperté en el momento equivocado. Fue un accidente.
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Sí, por supuesto. El insecto palo de tres metros de alto se sentiría ofendido.
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Creo que deberíamos comérnoslo. Si es una hoja puedes metértela en la boca. O un junco. Ñam, ñam.
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Nada. Sus ojos sencillos no desprenden ni una mota de luz; no hay nadie en casa. Crispa sus miembros de insecto, incognoscibles, puede que hasta sin fundamento.
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No hay mente con la que hablar. Y si la hay, está más allá de tu imaginación. Demasiado simple para ser compatible con la tuya. Empieza a surgir espuma de sus piezas bucales. Inclina la cabeza.
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- El insecto genera espuma con sus piezas bucales, silencioso, mientras inclina las placas de su cabeza. De izquierda a derecha, sin motivo ni patrón aparentes.
- Es imposible ver dentro. Solo hay quitina, que imita la composición de los juncos. Pulida, como tallos de mármol. Las ocasionales sucesiones de chasquidos son indescifrables para el oído humano.
- Extiende mucho sus extremidades, realizando operaciones incomprensibles para este mundo; y tú... contemplándolo, boquiabierto... totalmente ajeno a sus pensamientos.
- No hay mente con la que hablar. Y si la hay, está más allá de tu imaginación. Demasiado simple para ser compatible con la tuya. Empieza a surgir espuma de sus piezas bucales. Inclina la cabeza.
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De repente te invade otra punzada de dolor. Peor que la anterior. El sabor de la sangre asciende hasta tu boca. El insecto también lo saborea y se mueve repentinamente.
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Otra punzada de dolor. La aguantas de nuevo, pero esta vez parte de ella se resiste a permanecer abajo. Crees saborearlo en la boca. También lo hace el insecto, que se mueve repentinamente.
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En su esencia es una combinación de biomoléculas complejas. Hormonas, aminoácidos y lípidos.
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¿Qué más hay en cualquiera de nosotros?, piensas mientras la mirada del insecto se desvanece y el dolor se dispara desde tu pie derecho hasta tu abdomen, oscureciéndote la vista. Cuando la recobras, el insecto se retuerce al sentir tu sangre.
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La visión del insecto vibra por el dolor, mientras una ráfaga de fuego busca brotar desde tu pierna. La soportas sin moverte. Ahora no. La sangre brota caliente. La criatura también debe sentirlo. Tiembla.
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Extiende mucho sus extremidades, realizando operaciones incomprensibles para este mundo; y tú... contemplándolo, boquiabierto... totalmente ajeno a sus pensamientos.
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El insecto genera espuma con sus piezas bucales, silencioso, mientras inclina las placas de su cabeza. De izquierda a derecha, sin motivo ni patrón aparentes.
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Es imposible ver dentro. Solo hay quitina, que imita la composición de los juncos. Pulida, como tallos de mármol. Las ocasionales sucesiones de chasquidos son indescifrables para el oído humano.
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(Susurrar). "Kim, muéstrame la foto de nuevo".
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"Está bien, está bien", susurra el teniente sin dejar de sostenerla. "No se preocupe. La tenemos".
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Por un instante tuvo miedo de que no lo consiguieras, pero ahora que la está mirando se queda más tranquilo.
El artrópodo se eleva sobre ti, justo como en la fotografía, sin prestar atención a tu parloteo. Los ventrículos de su abdomen se expanden lentamente y las alas vestigiales cuelgan del interior de sus delgadas articulaciones como gasas tan finas que apenas resultan visibles.
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"Vaaale...". Con un lento repicar de metal, el teniente abre el objetivo y lo levanta hasta la altura de los ojos.
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No se aprecia ningún cambio en los movimientos del insecto mientras la cámara le enfoca. Su mirada sigue fija en ti.
"A la de 3", susurra el hombre. La tensión de su voz es palpable. "Si se mueve, salte hacia atrás y presionaré el accionador. Venga. Uno, dos... ¡tres!".
El estridente flash de la cámara corta el aire como el filo de una espada. El fásmido se congela en la luz cegadora... con la cabeza vuelta hacia el teniente. Hipnotizado por el flash, se queda congelado frente a ti.
El sudor de tus brazos es frío como el hielo. Como si tú también estuvieras congelado a la sombra de esta gigantesca estatua de mármol quinitoso.
"Lo tengo...". Escuchas susurrar al teniente mientras la figura de la criatura comienza a aparecer en la fotografía que tiene en la mano: un espectro policromado de rasgos blancos contra los juncos y el cielo. Y tú, ante él, como una sombra.
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Tiene un gusto dulce. Muy sutil. El artrópodo se eleva sobre ti, con sus penachos de juncos apuntando a las extremidades y a la cabeza por igual.
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La extremidad es increíblemente liviana, como la cáscara de un huevo. Es mucho más ligera que un junco. Te parece que un pequeño empujoncito podría derribar a la criatura y que su exoesqueleto hueco se hundiría.
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Un escalofrío repentino recorre el miembro. Parece que la criatura está despertando, oleada tras oleada, de su estupor.
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Tiene lugar alguna clase de cuenta atrás. Eso es todo lo que tienes tiempo de pensar.
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Un pequeño temblor sacude el brazo de la criatura. Por encima de ti sus perlados ojos oscuros siguen brillando, hipnotizados por la luz que recorre su sistema nervioso.